Comparte.

El dinero del exterior se ha convertido en una especie de combustible para la debilitada economía venezolana. Familias enteras dependen y viven de las remesas que sus parientes, obligados a abandonar el país en busca de oportunidades económicas, envían cada mes desde Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Estados Unidos, entre otros países de América que han acogido a 5 millones de venezolanos.

Y es que el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (CEMLA) señaló que los migrantes venezolanos envían un promedio de 155 dólares cada 24 días a sus familiares que residen dentro de Venezuela.

Esto implica que al menos la mitad de la canasta básica alimentaria pueden permitirse costear las familias venezolanas que poseen esa ayuda, pero las que no tienen parientes fuera del país o, en su defecto, sus familiares migrantes tienen situaciones económicas precarias en los países de Latinoamérica, apenas pueden comprar el 3% de la canasta básica alimentaria, cuyo costo asciende a los 300 dólares mensuales.

El periodista Arnaldo Espinoza explicó que las remesas más altas las envían los venezolanos que residen en Estados Unidos (212 dólares), seguidos por los que viven en Chile y España (154 y 145 dólares respectivamente).

El flujo de remesas hacia Venezuela constituye al menos un 50% de toda la masa monetaria en dólares que circula dentro del país, lo cual ha contribuido a acelerar la expansión de la dolarización de facto en un país donde la hiperinflación asciende al 3.000% anual y la devaluación del bolívar frente al dólar ha sido de 20.000% en los últimos cuatro años.

De acuerdo al CEMLA, en el 32.4 % de los hogares receptores de remesas, tales recursos constituyen la principal fuente del ingreso del hogar y en un 48.4 % son importantes pero no representan el principal ingreso.

Para las familias que no tienen como principal fuente de ingreso las remesas, el acceso a dólares se hace más complejo si su generación económica se limita a bolívares no compensados con la tasa de cambio frente al dólar, lo que limita la calidad de vida y la ya dañada estabilidad socioeconómica de la población.

 

Ricardo Serrano